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Por Agustín González, actor.

Hacía ya algún tiempo que no actuaba yo en Zamora, que ni siquiera había pasado por Zamora. Se dice "No se ganó Zamora en una hora, cierto, pero nosotros, los que fuimos a representar allí "El cántaro roto" de Von Kleist, la ganamos en una noche. O, mejor dicho, Zamora nos ganó a nosotros, o por lo menos a mi, en una noche inolvidable, desde su sala grana, remozada y guapa como una novia de su Teatro Principal.

 

La nobleza de Zamora es incuestionable y su belleza también. Desde sus adarves se contempla el Duero, que discurre cabe las viejas murallas que circundan la ciudad. En sus calles recoletas, próximas a la Catedral, donde se levantan señoriales los palacios y las casas blasonadas, todavía puede escucharse el silencio, aún en estos tiempos estridentes que vivimos. Desde ellas puede verse la cúpula soberbia del antiguo templo bizantino. Y si accedemos a la gran explanada que como atalaya se abre en la muralla a la vasta campiña, podremos contemplar el legendario portillo donde fue muerto el Rey Sancho por el funesto Bellido. Las iglesias románicas se esparcen por la ciudad con sus piedras desgastadas por el tiempo y sus torres que se yerguen airosas sobre el caserío. Y en la plaza, entre los árboles espesos, la romántica estatua del caudillo Viriato. Enclave fronterizo el de Zamora, a pocos kilómetros de la raya de Portugal, envuelta en rancios aromas de contrabandeo decimonónico.

 

Hacía tiempo, como digo, que no arribaba yo a Zamora. La última había ido para representar en el Teatro "Ramos Carrión" el trama de Arthur Miller "Todos eran mis hijos". Zamora, a más de sus monumentos, cuneta con dos teatros. Uno es el "Ramos Carrión" y el otro el Teatro Principal. Excepto en una ocasión, hace ya mucho tiempo, en que actué en este último, las otras distintas veces que he representado en Zamora han sido en el "Ramos Carrión". Desdichado teatro éste, estupendo en su tiempo, pero herido de muerte cada día por la torpe gestión de sus mentores. Prostituido hasta la vergüenza en pro de dudosos beneficios comerciales. Convertido en desangelada sala cinematográfica. Destartalado y roto. Cada vez que he tenido que trabajar sobre su escenario he podido comprobar como se iba diluyendo la noble entidad del Teatro para ir transformándose en un caserón ambiguo y sin sentido.

Al otro, el Principal, lo recuerdo de una única vez que actúe en él, abandonado y sucio, como tantas decenas y decenas de teatros repartidos a lo largo y a lo ancho de la geografía española. Pero este, al menos, seguía siendo un Teatro. Otra vez, al cabo del tiempo, he acudido a una segunda cita con él. Y lo que me he encontrado me ha hecho recuperar alguna.

 

Un cierzo de vulgaridad, de zafiedad y de mal gusto recorre una y otra vez con irritante machaconería nuestra existencia diaria dejando aterido nuestro espíritu. El plástico y la hojalata, la basura y el escombro forman parte de nuestra dimensión como seres humanos. La polución y el humo se ciñen a nosotros como una fea vestimenta. El ruido, que no los sonidos, nos aturde. El paisaje se nos muestra ante nuestros ojos, tantas veces, demasiadas, corroído por una inconfesable enfermedad. La prisa nos atenaza y nos vuelve permanentes luchadores, agónicos seres, en insensata batalla contra todos y cada uno de los minutos de nuestra vida. Y más y más cosas que nos dejan perplejos, sin entender. Poco hay ya de pastueño, de sedoso y placentero. No quisiera pecar de catastrofista y me apresuro a disculparme por las que algunos tomarán por exageraciones. Pero yo, al menos, no deseo engañarme. Y es por esta razón, por la que, como en una tabla de salvación se agarra uno a lo que pueda proporcionarle asidero.

 

El caso del Teatro Principal de Zamora. Su recuperación y restauración han sido un acierto y un bálsamo para tanto sinsabor. No soy una persona que está demasiado conforme con los criterios y sus consiguientes resultados, y en definitiva, con la actuación de los distintos equipos gubernamentales que se han ocupado del ámbito de la cultura en este último decenio. Mi disidencia, en muchos aspectos, es total y enfrentada. Su intervención, en ocasiones deplorable y tantas veces torpe y equivocada, daría para escribir un voluminoso libro. Pero nobleza obliga y si hemos de ser justos hay que decir que esta operación de recuperación y restauración de teatros es a todas luces elogiable y muy confortadora. El Teatro Principal de Zamora es un claro ejemplo.
 
    Aquella noche en que volví a actuar sobre su diminuto pero acogedor escenario, la sala y sus dependencias, los vestíbulos y pasillos relucían como un ascua. Todo él era una fiesta. La gente se arracimaba en los palcos, casi, rebosando de ellos. Se revolvía en las butacas bulliciosa y alegre. Había acudido al teatro, a su Teatro, con la sana intención de participar en el acontecimiento. Y a fe que lo consiguió. La representación, transcurrió en estado de gracia y al final se convirtió en un castillo de fuegos artificiales. ¿Por qué? Porque la obra excelente, porque la compañía hizo un notable esfuerzo, porque la puesta en escena y la escenografía eran brillantes y sugestivas. Todo eso era verdad. Pero sobre todo porque aquel acontecimiento estaba teniendo lugar en un espacio que los zamoranos sentían como suyo, limpio y hermoso, lleno de empaque, luminoso y digno, donde la ciudad podía definirse a sí misma como inteligente y culta.  
 
 

AGUSTÍN GONZÁLEZ, actor.
Del libro "La arquitectura en escena"
Ministerio de Obras Públicas y Transportes, 1992
muchas, ilusiones perdidas.